La intervención de Colombia en la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas marcó un cambio significativo en el lenguaje y en las prioridades de la política exterior del país. El mensaje transmitido por el vicepresidente José Manuel Restrepo, en representación del presidente Abelardo De La Espriella, combinó una defensa de la soberanía nacional con una crítica a la eficacia del sistema multilateral, un fuerte énfasis en seguridad y una apuesta por atraer inversión, tecnología y nuevas alianzas internacionales.
Hay elementos positivos en esta nueva orientación. Colombia parece buscar una política exterior menos retórica y más vinculada a resultados concretos: seguridad transnacional, lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, cooperación judicial, intercambio de inteligencia, inversión, innovación y fortalecimiento de alianzas estratégicas. El Gobierno también aprovechó el escenario de Naciones Unidas para presentar a Colombia como un país abierto a la inversión y dispuesto a participar en las nuevas economías tecnológicas.
Otro elemento relevante fue la reivindicación de la soberanía. Defender que la cooperación internacional debe respetar la autonomía de los Estados es una posición legítima dentro del orden internacional. Pero precisamente por eso Colombia debe ser consistente: soberanía no puede significar aislamiento, ni cooperación puede convertirse en dependencia.
Aquí aparecen las primeras líneas rojas.
La incorporación de Colombia al llamado Escudo de las Américas, impulsado por Estados Unidos, abre oportunidades de cooperación en seguridad, lucha contra el crimen organizado, inversión y tecnología. El Gobierno colombiano ha presentado esta participación como una herramienta para fortalecer las democracias y combatir amenazas transnacionales.
Pero una alianza de seguridad exige claridad absoluta sobre sus límites. Colombia debe mantener como líneas rojas la soberanía territorial, la Constitución, el derecho internacional, la no intervención en los asuntos internos y la autonomía de sus decisiones militares y diplomáticas. La cooperación con Washington puede ser estratégica; no debería confundirse con subordinación.
Una segunda línea roja debe ser Venezuela. La extensa frontera común convierte cualquier crisis venezolana en un asunto directamente relacionado con la seguridad colombiana. El propio Gobierno ha señalado que Venezuela afecta a Colombia en seguridad, migración, narcotráfico, contrabando y energía. Precisamente por ello, Bogotá necesita combinar firmeza con diplomacia y evitar quedar atrapada en una confrontación regional que termine trasladando sus costos a Colombia.
Hay además una cuestión de lenguaje diplomático. Criticar a Naciones Unidas puede contribuir al debate sobre su necesaria reforma. El problema aparece cuando la crítica a la burocracia o a la ineficacia termina debilitando la legitimidad de las instituciones que Colombia necesita para defender sus propios intereses. El vicepresidente preguntó ante la Asamblea si la ONU está respondiendo con suficiente eficacia a los problemas para los cuales fue creada. La pregunta es pertinente; la respuesta debería ser reformar, no abandonar.
Colombia tiene una tradición diplomática que le ha permitido ejercer influencia por encima de su peso económico y militar. Esa tradición se construyó alrededor del derecho internacional, la solución pacífica de controversias, el multilateralismo y la defensa de la soberanía.
La nueva política exterior puede modificar prioridades, pero no debería sacrificar esos activos.
El reto consiste, entonces, en construir una Colombia más pragmática sin hacerla menos autónoma; más cercana a Estados Unidos sin perder capacidad de interlocución con otros actores; más firme en seguridad sin abandonar la diplomacia; y más crítica de la ONU sin renunciar al multilateralismo.
La verdadera prueba de esta política exterior no estará en el discurso de Nueva York, sino en la capacidad de Colombia para convertir esas nuevas alianzas en resultados concretos sin comprometer su soberanía, su autonomía diplomática ni su condición de actor regional.
Artículo publicado en el Diario Eje21