América Latina ante el mundo dividido

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Enfoque

América Latina ante el mundo dividido

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Clara Inés Chaves

La rivalidad entre las grandes potencias está transformando las relaciones internacionales. La competencia entre Estados Unidos y China, las tensiones comerciales, la disputa por recursos estratégicos y la fragmentación del sistema multilateral están obligando a los países a revisar sus prioridades económicas y diplomáticas.

En este escenario, América Latina y el Caribe enfrentan una cuestión fundamental: ¿cómo defender sus intereses nacionales sin quedar atrapados en las rivalidades de otros?

La respuesta no consiste en escoger anticipadamente un bando. Consiste en construir autonomía estratégica, entendida como la capacidad de tomar decisiones soberanas, diversificar las relaciones exteriores y negociar desde posiciones de mayor fortaleza.

Estados Unidos continúa siendo un socio fundamental para buena parte de la región, por sus vínculos comerciales, financieros, migratorios, culturales y de seguridad. China, por su parte, ha ampliado su presencia mediante el comercio, las inversiones, las infraestructuras y la cooperación tecnológica. Europa conserva una relación importante con América Latina en materia de comercio, cooperación, educación y transición energética.

Estas relaciones no son necesariamente incompatibles. El desafío consiste en gestionarlas de acuerdo con los intereses de cada país y con una visión de largo plazo, sin confundir la cooperación con la dependencia ni la diversificación con un cambio automático de alineamiento.

La evolución del comercio demuestra la magnitud de esta transformación. Un análisis publicado por Reuters en junio de 2026, basado en datos del Banco Interamericano de Desarrollo, señaló que las exportaciones latinoamericanas y caribeñas hacia China aumentaron un 25 % durante el primer trimestre de 2026 frente al mismo período del año anterior. Al mismo tiempo, Estados Unidos continuó siendo el principal socio comercial de la región en su conjunto.

Estas cifras reflejan una realidad compleja: América Latina mantiene vínculos económicos profundos con Washington, mientras amplía sus oportunidades en Asia. El problema no es comerciar con una potencia u otra, sino hacerlo sin desarrollar capacidades productivas propias, diversificar las exportaciones y proteger los intereses estratégicos nacionales.

La autonomía requiere, además, superar una debilidad histórica: la fragmentación regional. Los países latinoamericanos negocian con frecuencia de manera aislada frente a interlocutores que cuentan con mercados enormes, capacidad financiera y estrategias internacionales de largo alcance. La falta de coordinación reduce su capacidad para establecer condiciones favorables en ámbitos como la inversión en infraestructura, los minerales críticos, la transformación digital, la seguridad alimentaria y la transición energética.

No se trata de desconocer las diferencias políticas entre los gobiernos. La pluralidad forma parte de la vida democrática. Se trata de reconocer que existen intereses compartidos que merecen continuidad más allá de los cambios electorales: proteger los recursos naturales, ampliar las oportunidades comerciales, fortalecer la infraestructura regional y mejorar la capacidad científica y tecnológica.

Para Colombia y República Dominicana, esta discusión tiene una dimensión concreta. Ambos países pueden contribuir a una agenda regional que articule el Caribe y América del Sur, promueva la cooperación económica y amplíe los vínculos con Europa, Asia y África. La diversificación de mercados y socios puede reducir vulnerabilidades y abrir oportunidades para sectores productivos que necesitan acceso a nuevos destinos.

La autonomía estratégica también exige instituciones sólidas, seguridad jurídica, transparencia en la contratación pública y evaluaciones rigurosas de las inversiones. Ninguna relación económica debería quedar exenta del análisis de sus costos, beneficios, impactos ambientales y posibles implicaciones para la seguridad nacional.

En este sentido, la integración regional no puede limitarse a declaraciones presidenciales o reuniones diplomáticas. Necesita proyectos verificables, conectividad física y digital, cooperación energética, cadenas regionales de valor y mecanismos estables de concertación.

América Latina no dispone del poder económico o militar de las grandes potencias, pero posee recursos naturales, biodiversidad, capacidad agrícola, capital humano y una posición geográfica relevante. Estos activos pueden convertirse en instrumentos de negociación si existe una estrategia compartida que respete la soberanía de cada Estado.

La autonomía estratégica no significa aislamiento, neutralidad absoluta ni equidistancia automática entre Washington y Pekín. Significa evitar dependencias excesivas, preservar la libertad de decisión y construir relaciones internacionales diversificadas, previsibles y mutuamente beneficiosas.

En un mundo dividido, la mayor vulnerabilidad de América Latina podría no ser la presión externa en sí misma, sino su dificultad para actuar con una visión común. La región necesita menos retórica de unidad y más cooperación efectiva.

El desafío consiste en pasar de ser un espacio de competencia entre potencias a convertirse en un interlocutor capaz de defender sus prioridades. Porque la soberanía, en el siglo XXI, no se mide únicamente por la independencia formal de los Estados, sino también por su capacidad real para decidir su propio futuro.

Exdiplomática, escritora y analista internacional (*)

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