Cine, memoria africana y resistencia desde el Chocó
Del 14 al 18 de septiembre, el Quibdó África Film Festival trasladará excepcionalmente su programación a Bogotá. Las consecuencias del terremoto impiden que el encuentro se realice este año en su escenario natural, pero no silencian su propósito. El festival cambia de ciudad, no de identidad: Quibdó continúa siendo su raíz, su voz y su horizonte.
Este desplazamiento obligado tiene una enorme carga simbólica. Mientras el Chocó enfrenta las heridas materiales y humanas causadas por el desastre, el festival convierte a Bogotá en un espacio de encuentro entre África, Colombia y sus diásporas. Llevar sus películas a la capital significa poner en el centro del país historias que durante demasiado tiempo han sido relegadas a los márgenes.
Más que una muestra cinematográfica, el Quibdó África Film Festival es una plataforma de memoria, representación y resistencia. Desde sus primeras ediciones, el encuentro ha promovido producciones africanas, afrocolombianas y de otras comunidades de la diáspora, conectando realizadores, públicos y territorios mediante un cine que interroga las narraciones dominantes. Ya en 2020, por ejemplo, reunió 52 producciones provenientes de 26 países, con especial atención al trabajo de creadores afrocolombianos. caracol.com.co
África no es un territorio lejano
Hablar de África en Colombia no significa hablar de un continente ajeno. Su presencia vive en nuestra música, nuestros cuerpos, nuestras cocinas, nuestras lenguas, nuestras celebraciones, nuestra espiritualidad y nuestras maneras de comprender la comunidad y el territorio. Está en los tambores, en las marimbas, en los cantos, en la tradición oral y en los conocimientos transmitidos por generaciones.
La historia colombiana no puede entenderse sin reconocer los aportes de los pueblos africanos y afrodescendientes. Hombres y mujeres arrancados violentamente de sus territorios no llegaron a América con las manos vacías: trajeron saberes agrícolas, medicinales, artesanales, espirituales y políticos. A pesar de la esclavización, preservaron memorias, reconstruyeron comunidades y crearon formas de resistencia que siguen vivas en los palenques, los consejos comunitarios y las organizaciones afrocolombianas.
Desconocer nuestras raíces africanas es desconocer una parte esencial de nuestros propios orígenes. También es perpetuar una visión incompleta de Colombia, como si la nación hubiera sido construida únicamente desde los centros de poder andinos y las tradiciones europeas.
El cine contribuye a corregir esa mirada. Permite que África y sus diásporas dejen de aparecer como objetos observados desde afuera y se conviertan en sujetos capaces de contar sus propias historias. La cámara puede ser una herramienta de autorrepresentación: una forma de recuperar la voz, disputar los estereotipos y mostrar la complejidad de comunidades que con frecuencia han sido retratadas solamente a través de la pobreza, la violencia o la tragedia.
El Chocó: una región con voz propia
En Colombia, esa herencia africana encuentra en el Chocó una de sus expresiones más profundas. Su población mayoritariamente afrodescendiente ha desarrollado una cultura inseparable de los ríos, la selva, la lluvia, el mar y la vida comunitaria. Allí, la música no es solo entretenimiento; también es memoria, espiritualidad y encuentro. La cocina no es únicamente alimento; es conocimiento del territorio. La tradición oral no es una reliquia del pasado; es una forma viva de educación y resistencia.
El Chocó posee una voz propia. No necesita que otros hablen en su nombre, sino que el país aprenda a escucharlo.
Sin embargo, su riqueza cultural y ambiental contrasta con décadas de abandono institucional. La precariedad de la infraestructura, las dificultades de acceso a la salud, la educación, el agua potable y los servicios básicos, junto con la violencia y el desplazamiento, revelan una deuda histórica del Estado. La región continúa siendo una de las más empobrecidas y afectadas por el conflicto armado, pese a su extraordinaria importancia humana, geográfica y ambiental. thenewhumanitarian.org
A esto se suma una mirada nacional que muchas veces reduce al Chocó a una sucesión de emergencias. El resto del país suele acordarse de la región cuando ocurre una inundación, un confinamiento, una masacre o un terremoto. Pero el Chocó no es solamente una tierra herida. Es también creación, pensamiento, biodiversidad, liderazgo social, conocimiento ancestral y potencia cultural.
La decisión de realizar el festival en Bogotá puede ayudar a que esta realidad llegue a públicos distintos. No obstante, también debería provocar una reflexión incómoda: ¿por qué las voces de las regiones deben trasladarse al centro para ser escuchadas? La presencia del festival en la capital no debe interpretarse como una sustitución de Quibdó, sino como una oportunidad para que Bogotá mire hacia el Pacífico y reconozca que Colombia también se piensa, se narra y se transforma desde sus periferias.
El continente que sostiene al mundo
La importancia de África tampoco se limita a la memoria histórica. El continente ocupa una posición central en la geopolítica contemporánea por su población joven, su biodiversidad, sus rutas marítimas y sus reservas de minerales estratégicos. En sus territorios se encuentran recursos fundamentales para las industrias energética, tecnológica, automotriz y aeroespacial.
Cobalto, coltán, cobre, manganeso, oro, petróleo, gas, diamantes y tierras raras forman parte de cadenas productivas globales. Teléfonos celulares, computadores, baterías, vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía dependen, en diferentes proporciones, de materias primas extraídas en países africanos. Buena parte del desarrollo tecnológico mundial se sostiene sobre recursos procedentes de un continente que continúa recibiendo una porción injusta de los beneficios.
Durante siglos, África ha sido mirada desde fuera como una reserva de materias primas y no como un conjunto diverso de sociedades con proyectos políticos, conocimientos y aspiraciones propias. Esa visión colonial persiste cuando se habla de sus recursos, pero se ignoran sus voces; cuando se reconoce su valor económico, pero se minimiza su aporte intelectual y cultural; o cuando las grandes potencias compiten por acceder a sus minerales sin asumir las consecuencias sociales y ambientales de la extracción.
Colombia observa con frecuencia esa realidad con cierta miopía. Su conversación internacional suele concentrarse en Estados Unidos, Europa y, cada vez más, Asia, mientras África permanece al margen de la discusión pública. Esta indiferencia resulta paradójica: millones de colombianos tienen raíces africanas, y muchos de los desafíos que enfrentan las comunidades del Pacífico -extractivismo, racismo, desigualdad territorial y defensa de la biodiversidad- dialogan directamente con experiencias africanas.
Una pantalla contra el olvido
En este contexto, el Quibdó África Film Festival adquiere una dimensión que supera lo cinematográfico. Cada película puede convertirse en un puente entre territorios separados por el océano, pero unidos por memorias, luchas y formas de creación. La pantalla abre una ventana hacia un continente plural y permite comprender que no existe una sola África, sino muchas Áfricas: urbanas y rurales, tradicionales y contemporáneas, espirituales, científicas, musicales, políticas y tecnológicas.
El festival también cuestiona quién tiene derecho a producir imágenes y a definir la memoria colectiva. Durante demasiado tiempo, los pueblos africanos y afrodescendientes fueron representados por miradas externas que simplificaron su historia. Apoyar sus cinematografías significa defender el derecho de las comunidades a narrarse desde su propia sensibilidad, sin traducciones impuestas ni estereotipos heredados.
Que esta edición se celebre en Bogotá debido al terremoto recuerda, además, que la cultura no desaparece en medio de una emergencia. Al contrario, puede convertirse en refugio, denuncia y reconstrucción. El festival no borra el dolor de lo ocurrido ni reemplaza la respuesta que deben ofrecer las instituciones, pero demuestra que un territorio afectado continúa creando, pensando y hablando.
Del 14 al 18 de septiembre, Bogotá no recibirá solamente una programación de películas. Recibirá una parte de Quibdó, del Chocó y de África. Recibirá voces que exigen ser escuchadas no por compasión, sino por su fuerza artística, histórica y política.
Mirar estas películas será también mirarnos a nosotros mismos. Porque reconocer a África significa comprender mejor a Colombia; escuchar al Chocó significa ampliar la idea de nación, y defender su cultura significa negarse a aceptar que el olvido sea su destino.
Artículo publicado en Diario Eje21