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Colombia ante el nuevo tablero mundial: ¿protagonista o espectadora?

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El mundo está cambiando a una velocidad que obliga a los Estados a replantear sus prioridades. La competencia entre Estados Unidos y China, el fortalecimiento de nuevas potencias, la transformación del comercio internacional y la creciente importancia de América Latina están configurando un escenario distinto al que conocimos durante las últimas décadas. Ante esta realidad, Colombia tiene que responder una pregunta esencial: ¿qué lugar quiere ocupar en el nuevo orden internacional?

No se trata de escoger entre Washington y Beijing. Esa sería una lectura demasiado simplista de la geopolítica contemporánea. Estados Unidos continúa siendo fundamental para Colombia: en los primeros cinco meses de 2026 concentró el 29,3 % de las exportaciones colombianas. Pero China también tiene un peso creciente: es el principal origen de las importaciones colombianas y ambos países han profundizado su relación estratégica, comercial y tecnológica.

La conclusión debería ser evidente: Colombia necesita diversificar sin romper, relacionarse sin depender y negociar sin convertirse en instrumento de ninguna potencia. Una política exterior inteligente no consiste en elegir un bloque, sino en ampliar las opciones del país.

El desafío es todavía mayor porque América Latina vuelve a convertirse en un espacio de competencia geopolítica. Washington busca fortalecer su presencia en el hemisferio y contener la expansión de la influencia china, mientras Beijing continúa ampliando sus vínculos comerciales, tecnológicos y de infraestructura con la región.

En este escenario, Colombia posee ventajas que debería convertir en poder diplomático. Es una de las principales economías de América Latina, tiene salida a dos océanos, comparte fronteras con el Caribe y Sudamérica, posee una extraordinaria biodiversidad y cuenta con recursos estratégicos para la transición energética y la seguridad alimentaria. Sin embargo, ninguna de esas ventajas produce influencia internacional por sí misma: necesitan una estrategia.

Y esa estrategia no puede reducirse a la relación con Estados Unidos. Colombia debería fortalecer simultáneamente sus vínculos con América Latina y el Caribe, Europa, Asia y África. También debería recuperar una diplomacia multilateral capaz de construir coaliciones y defender posiciones nacionales en Naciones Unidas y en los organismos internacionales.

África merece, en particular, una atención mucho mayor. Mientras las grandes potencias compiten por establecer alianzas con el continente africano, Colombia todavía tiene una presencia económica y diplomática muy inferior a su potencial. La historia, la cultura y la existencia de una importante población afrocolombiana ofrecen vínculos que podrían transformarse en cooperación educativa, cultural, tecnológica, comercial y política.

El Caribe tampoco puede seguir siendo visto como una periferia. Para Colombia, el Caribe constituye una dimensión estratégica de su identidad y de su proyección internacional. La seguridad marítima, el comercio, los puertos, la energía, el cambio climático y las migraciones hacen indispensable una política caribeña mucho más activa.

El Gobierno de Abelardo de la Espriella tiene, por tanto, una oportunidad —y una enorme responsabilidad—: definir si Colombia será un actor con capacidad propia de negociación o si simplemente se limitará a seguir las corrientes que imponen las grandes potencias. Las primeras decisiones de su administración apuntan a un acercamiento particularmente estrecho con Washington, mientras simultáneamente se mantienen espacios de cooperación con China.

No hay nada objetable en fortalecer la relación con Estados Unidos; por el contrario, es una relación indispensable. Lo preocupante sería confundir una alianza estratégica con una política exterior dependiente. Colombia necesita aliados, pero también necesita autonomía para defender sus propios intereses.

El siglo XXI no será de países que se encierren ni de aquellos que dependan exclusivamente de una potencia. Será de los Estados capaces de diversificar sus relaciones, construir alianzas, defender su soberanía y convertir sus ventajas económicas, geográficas y ambientales en influencia internacional.

Colombia tiene las condiciones para ser protagonista. La verdadera pregunta es si tendrá la visión diplomática para serlo.

Artículo publicado en el Diario Eje21

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