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Las embajadas no son empresas

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«Los países que aspiran a tener influencia abren embajadas; los que deciden aislarse las cierran.»

La propuesta del presidente electo de romper relaciones diplomáticas y cerrar embajadas parte de un error conceptual: medir la diplomacia con los mismos criterios de rentabilidad de una empresa. Las embajadas no existen para generar utilidades económicas ni para justificar su permanencia mediante un balance financiero. Desde la consolidación de la diplomacia moderna, tras la Paz de Westfalia de 1648, las representaciones diplomáticas han sido instrumentos permanentes del Estado para proteger los intereses nacionales, preservar el diálogo político, promover la cooperación, asistir a los ciudadanos y proyectar la influencia de un país en el escenario internacional.

Reducir una embajada a una ecuación de costos y beneficios es desconocer siglos de evolución del Derecho Internacional Público y de la práctica diplomática. Su verdadero valor no puede medirse únicamente por el comercio bilateral. Su importancia radica en prevenir conflictos, abrir espacios de negociación, fortalecer alianzas, respaldar candidaturas internacionales, atraer inversión, promover la cultura y defender los intereses nacionales cuando estos se encuentran amenazados.

Aún más grave sería cerrar consulados. Si las embajadas representan políticamente al Estado, los consulados constituyen la primera línea de atención y protección de los colombianos en el exterior. Son una verdadera extensión de la administración pública fuera del territorio nacional: expiden pasaportes, registros civiles, autenticaciones y poderes; prestan asistencia a connacionales detenidos, víctimas de delitos o de trata de personas; coordinan evacuaciones y repatriaciones durante guerras, pandemias o desastres naturales y sirven de puente permanente entre el Estado y sus ciudadanos. Clausurarlos significaría abandonar a millones de colombianos que viven, estudian o trabajan en el exterior, precisamente cuando el deber del Estado es protegerlos, sin importar el lugar donde se encuentren.

Mientras las grandes potencias amplían su presencia diplomática para aumentar su influencia geopolítica, Colombia parecería optar por el camino contrario: el aislamiento. En un mundo cada vez más interdependiente, cerrar embajadas significa reducir la capacidad del Estado para anticipar riesgos, construir alianzas y participar en los escenarios donde se toman decisiones que afectan directamente nuestro futuro.

África constituye un ejemplo evidente de este error estratégico. Lejos de ser un continente marginal, representa un bloque de 54 Estados con un creciente peso político y económico. Mantener una sólida presencia diplomática en Etiopía resulta particularmente importante porque allí tiene su sede la Unión Africana, cuyo respaldo es determinante para las aspiraciones y candidaturas de Colombia en los organismos multilaterales. Addis Abeba alberga además la Organización Interafricana del Café, escenario de enorme relevancia para un país cuya historia y economía están profundamente ligadas a ese producto.

Igualmente preocupante sería debilitar las relaciones diplomáticas con los países vecinos y del Caribe. Colombia mantiene asuntos sensibles con algunos Estados fronterizos, incluidos procesos ante la Corte Internacional de Justicia. En ese contexto, cerrar embajadas o romper canales institucionales de comunicación limitaría nuestra capacidad de diálogo y de defensa jurídica de los intereses nacionales, con eventuales repercusiones para los habitantes del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Del mismo modo, sería un error cerrar la embajada en Haití, país vecino del Caribe cuya estabilidad tiene implicaciones directas para la seguridad regional, los flujos migratorios y la cooperación en una zona estratégica para Colombia.

En el actual orden internacional, marcado por guerras, conflictos regionales, crisis migratorias, terrorismo, desastres naturales y emergencias climáticas, ampliar la presencia diplomática constituye una necesidad estratégica. Abrir embajadas significa estar donde ocurren los acontecimientos, conocer de primera mano la evolución política y económica de otros países, producir información estratégica para el Gobierno, anticipar riesgos y reaccionar con rapidez cuando los intereses nacionales o la seguridad de nuestros ciudadanos se encuentran comprometidos. La evacuación de connacionales durante conflictos armados, la asistencia en catástrofes o la coordinación de ayuda humanitaria solo son posibles gracias a una presencia diplomática y consular sólida. El costo de no estar presente siempre será mayor que el ahorro presupuestal derivado del cierre de una embajada.

La diplomacia también se construye sobre la confianza. Durante décadas, los diplomáticos tejen redes de interlocutores con gobiernos, parlamentos, organismos internacionales, empresarios, universidades y centros de pensamiento. Ese capital diplomático no se improvisa y puede resultar decisivo para defender los intereses de Colombia en momentos de crisis. En política exterior, los amigos se construyen antes de necesitarlos.

Pero conviene recordar una distinción fundamental. Una cosa es la política exterior de un gobierno, que legítimamente puede fijar prioridades, imprimir un estilo propio o privilegiar determinados temas; otra muy distinta es la política de Estado, que debe preservar en el tiempo los intereses permanentes de la Nación, con independencia del partido o del presidente de turno. Esa continuidad es la que otorga credibilidad y coherencia internacional. Los aliados estratégicos no se construyen para un período presidencial, sino para varias generaciones.

Hoy el sistema internacional atraviesa una profunda transformación. La competencia entre grandes potencias, la reconfiguración del poder mundial y el fortalecimiento del Sur Global exigen una política exterior inteligente, pragmática y diversificada. Colombia no puede encerrarse en una visión única del mundo ni depender exclusivamente de un solo eje de relacionamiento. La tradicional doctrina del respice polum debe complementarse con una diplomacia que también mire hacia sus pares, fortalezca sus vínculos con América Latina, África y Asia y consolide alianzas estratégicas allí donde se definen los nuevos equilibrios del poder mundial. En un escenario donde resurgen nacionalismos, rivalidades geopolíticas y formas de competencia que evocan viejas lógicas imperiales, el mayor error sería reducir nuestra presencia internacional. Si Colombia no amplía su red de aliados y diversifica sus espacios de cooperación, corre el riesgo de convertirse en un actor marginal en un mundo donde otros toman las decisiones.

Las embajadas y los consulados no son un gasto prescindible. Son instrumentos de soberanía, de protección de los colombianos en el exterior y de defensa del interés nacional. Mientras el mundo fortalece su presencia diplomática para ampliar su influencia, Colombia no puede permitirse retroceder. Los países que aspiran a tener voz en el concierto internacional abren puertas; los que renuncian a influir las cierran.

Artículo publicado en el Diario Eje21

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