Tecnología y poder: la disputa silenciosa del siglo XXI

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Tecnología y poder: la disputa silenciosa del siglo XXI

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Clara Inés Chaves

En el siglo XXI, el poder ya no se expresa únicamente a través de la fuerza militar o la influencia económica tradicional. Cada vez más, se construye sobre bases tecnológicas que operan de forma silenciosa pero determinante. La competencia entre Estados Unidos y China no es solo una rivalidad entre potencias, sino una pugna por definir las reglas del sistema global a partir del dominio tecnológico.

Uno de los elementos clave en esta disputa son los semiconductores. Aunque pasan desapercibidos en la vida cotidiana, son indispensables para el funcionamiento de dispositivos, infraestructuras digitales y sistemas avanzados. Desde teléfonos móviles hasta centros de datos y sistemas de defensa, todo depende de estos componentes. Por eso, las restricciones impuestas por Estados Unidos al acceso de China a chips avanzados deben entenderse como parte de una estrategia más amplia que busca preservar ventajas estratégicas, más allá de lo puramente comercial.

Lejos de debilitarse, China ha respondido fortaleciendo su capacidad interna. El impulso a la producción nacional de semiconductores, el apoyo estatal a empresas tecnológicas y la inversión sostenida en investigación forman parte de una política deliberada para reducir vulnerabilidades externas. Este proceso implica no solo independencia productiva, sino también la construcción de un ecosistema tecnológico propio capaz de competir a escala global.

En este contexto, otros actores relevantes no pueden mantenerse al margen sin enfrentar consecuencias. Europa, Japón y Corea del Sur se encuentran en una posición compleja, obligados a equilibrar intereses económicos con consideraciones de seguridad. Tomar partido implica asumir costos, pero la neutralidad tampoco garantiza estabilidad. Así, el sistema tecnológico internacional tiende a fragmentarse en bloques parcialmente conectados, en lugar de mantenerse como un espacio plenamente integrado.

El impacto de esta competencia también se refleja en el desarrollo y uso de tecnologías emergentes. La inteligencia artificial, en particular, introduce nuevas dinámicas al combinar aplicaciones civiles con potenciales usos militares y de control social. Su implementación en vigilancia, análisis de datos y automatización plantea interrogantes sobre los límites del poder estatal, la protección de derechos y la capacidad de regulación en entornos altamente dinámicos.

Otro factor central es la disputa por el conocimiento y el talento. La formación de capital humano especializado se ha convertido en un componente estratégico, ya que la innovación depende en gran medida de la disponibilidad de profesionales altamente capacitados. En este sentido, universidades, centros de investigación y políticas de atracción de talento adquieren un rol fundamental en la configuración del poder contemporáneo.

Todo esto apunta a una transformación más profunda. El poder global ya no se mide únicamente por la acumulación de recursos tangibles, sino por la capacidad de influir en sistemas complejos basados en tecnología. Quien define estándares, controla plataformas y gestiona grandes volúmenes de datos tiene una ventaja estructural que trasciende fronteras.

En este escenario, el poder no siempre es visible ni inmediato. Se construye de manera progresiva, a través de decisiones técnicas, inversiones estratégicas y marcos regulatorios. Más que imponerse de forma directa, se integra en las infraestructuras que sostienen la vida contemporánea, moldeando el presente y condicionando el futuro.

(*) Exdiplomática, escritora y analista internacional

 

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