Radiografía de los territorios
En una sociedad donde la familia que es la columna vertebral del estado se encuentra resquebrajada, la iglesia predica la reconstrucción de valores como el amor, la justicia, la paz y la libertad; por ello cuando hablamos de la violencia en los territorios nos damos cuenta de que la penuria por la que atraviesan miles de colombianos en estas zonas del país ha permeado la familia y acabo con los principios que mencioné anteriormente.
El Estado ha tenido a los territorios durante décadas en total abandono, por ello la matanza de muchos líderes sociales quienes entorpece el accionar de los grupos al margen de la ley que pretenden imponer su voluntad y ocupar el lugar del Estado en estas regiones.
Esta situación se ha visto acentuada debido a la migración venezolana que, por sus condiciones humanitarias, han acrecentado sin querer la crisis social y laboral de algunas regiones, constituyéndose de esta manera en un problema de seguridad y de convivencia ciudadana que llega hasta estigmatizar. Debido a las grandes necesidades que presentan algunos de ellos pasan a conformar parte de grupos delincuenciales, sin que esto sea la regla general.
Combatir el microtráfico es otro desafío, pues ante la inexistente oferta del Estado en términos de calidad de vida, de prestación de servicios públicos, de alternativas de educación, de conectividad, de buenos servicios de salud, y de empleo entre otros, los jóvenes ven truncadas sus aspiraciones y expectativas por lo que son presas bien de los narcotraficantes para que sirvan de mulas, o bien del consumo de estas drogas ilícitas.
El Covid-19 acentuó el descontento social y las difíciles condiciones de los habitantes de los territorios azotados por la violencia, lo que ha hecho que
Las manifestaciones se hayan visto salpicadas de vandalismo y reprimidas con abuso del pie de fuerza.
Nos enfrentamos también a otro desafío que es lograr el fortalecimiento de las iniciativas de planeación en seguridad y convivencia ciudadana con un especial énfasis en su enfoque territorial a cargo de las autoridades locales, pero lastimosamente no todas hacen esta importante función, por lo que no existe un robustecimiento a nivel nacional para construir estas energías de planeación.
Por otra parte, a pesar de que contamos con unas fuerzas militares y de policía profesionales en los temas de lucha contra grupos alzados en armas, uno se pregunta porque no logran controlar a los distintos grupos ilegales que se encuentran en las regiones.
Lo preocupante es que según los medios de comunicación en algunas zonas del país, la población no quiere al ejército en su territorio, con lo cual no solo asombra sino que da una lectura negativa, pues el Estado pierde cada vez más terreno, cuando debió haberlo ganado, ya que los acuerdos de paz con la FARC, permitían una ganancia en términos de soberanía y de gobernabilidad.
Lo que resulta desgarrador es ver que no hay ley ni justicia en los territorios y que ni la vida ni la dignidad humana tienen ningún valor. La cantidad de asesinatos y maltratos a las minorías, masacres y homicidios de líderes de derechos humanos y líderes sociales, violación a niñas, niños, adolescentes y mujeres adultas es algo aberrante.
A pesar de las protestas que la comunidad internacional y distintos actores hacen sobre la situación en los territorios y el clamor para que estas regiones se descentralicen, se desarrollen y el Estado cumpla con su deuda hacia estas regiones y con su labor de estado social de derecho, no pasa nada; sino que por el contrario los colombianos que se encuentran allí están secuestrados por los grupos ilegales y las que un día se llamaron güerillas.
La pandemia es otro flagelo que se une a la desgracia que ya padecen nuestros connacionales en estas localidades. Es la dictadura de los delincuentes y la indiferencia del Estado.
Ante este trágico panorama, urge un dialogo nacional y un compromiso serio por parte no solo del Estado sino del sector económico, la iglesia, la sociedad civil para que entre todos traigamos a los territorios la infraestructura que se requiere, los servicios públicos, alternativas de empleo, conectividad, salud, y demás condiciones para una vida digna. Dejemos a un lado la polarización y no olvidemos que estas regiones forman parte del territorio Colombiano y los connacionales que habitan allí, son nuestros hermanos. Necesitamos más unión y acción y menos demagogia.
Exdiplomática y escritora (*)