Los acuerdos de paz están moribundos.

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[vc_row css=».vc_custom_1423751086688{margin-bottom: 0px !important;}» parallax_background=»»][vc_column][vc_column_text css=».vc_custom_1565905231012{margin-bottom: 38px !important;}»]Parece ser que a algunos colombianos les gusta más la guerra que la paz. Las dificultades que presenta la actual polarización que vive el país, parecen revivir el escollo que se vivió en el siglo XX con la violencia partidista que asoló nuestra patria.

Parecería ser que no necesitamos un enemigo externo porque los colombianos se han vuelto enemigos de ellos mismos. No es concebible que sean unos pocos colombianos los que  estén en contra de la paz y del país. Nos hemos vuelto tan leguleyos y tan miopes que se nos han olvidado, tanto el derecho, como lo que significan la ética y la honestidad; de ahí que Colombia afronte una crisis de valores y de corrupción que aniquila estado.

Causa escalofrió conocer las noticias sobre el fallo de la Corte Constitucional, que declaró inexequibles los límites a los congresistas para proponer ajustes a las leyes que desarrollan el acuerdo de paz.

Según noticias de prensa  del pasado miércoles, “cinco magistrados de la Corte Constitucional tumbaron dos literales del Acto Legislativo para la Paz, norma con la que se creó el fast track  o la vía rápida para tramitar las leyes que le darán vida al acuerdo con las Farc”.

Al parecer la Corte Constitucional olvidó que la paz es el bien mayor y que la obligación de preservarla está en cabeza del ejecutivo.

Existen temas específicos como el que mencionó el Dr. Humberto De la Calle relacionado con normas constitucionales “que autorizan la exigencia del consentimiento del Gobierno para tomar decisiones como por ejemplo, la votación del presupuesto al que no se le pueden incluir partidas nuevas sin la autorización del gobierno, o en el caso del plan de desarrollo”, o en el tema de los tratados en donde el Congreso no puede modificarlos, solo aprobarlos o no, y para el caso que nos ocupa en relación con los acuerdos firmados entre el Gobierno y las FARC, que es un tema similar, en el que no se trata de coartarle al Congreso el ejercicio de sus funciones, ni se trata de un cambio constitucional.

Lo que se deja entrever con su reciente decisión es que la Corte Constitucional permite con ello que el Congreso se tome atribuciones que son propios del Ejecutivo, es decir, del Presidente.

No se sabe si esta decisión de la Corte es la más inconveniente o la más peligrosa para la institucionalidad  del país, o si es el conejo que se le quiere hacer a las FARC, y de paso a la paz.

Los acuerdos se hacen para cumplirlos. “Este es un principio del derecho civil relacionado con los contratos y del derecho internacional: pacta sunt servanda (el contrato es ley para las partes)”;  no se hicieron para violarlos, sino para cumplirlos.

La doble moral de algunos colombianos que solo piensan en sus intereses y en incendiar al país, raya en lo inconcebible.

En el pasado nos quejábamos de la falta de buena fe de las FARC, y ahora  parecería ser que son algunos sectores políticos y la decisión de la Corte Constitucional, los que le ponen la cáscara de plátano a las FARC, a la paz, a la democracia y al país. Ambas partes están obligadas a cumplir los acuerdos que firmaron.

Estos acuerdos superaron la etapa de la revisión, y se encuentran en período de cumplimiento e implementación.

Nos quejamos de los males que aquejan al país como la corrupción, la falta de justicia social, la deshonestidad y los antivalores, y son algunos sectores los que promueven la falta de ética y los antivalores al querer destruir unos acuerdos que cuentan con el aval de la comunidad internacional y que son vigilados por las Naciones Unidas.

Cuánto mal le traería al país, no solo en el campo interno, la no implementación de los acuerdos y la destrucción de los mismos, en términos de exacerbar la violencia; por ejemplo, no se tendría credibilidad para pensar en continuar con la negociación con el ELN u otros grupos guerrilleros; en el contexto internacional quedaríamos como los que le hicimos conejo a la paz, además de ser un estado poco confiable en el momento de empeñar la palabra y cumplir lo pactado.

Con ello, le estaríamos dando la razón a las FARC y a los violentos, en el sentido de que la única manera de cambiar el país es por la vía de las armas y no de la negociación y de la paz. ¿Por qué acabar con el fundamento de la democracia?

Aquellos que creen que las FARC ganarán las próximas elecciones, lo cual es absurdo en una sociedad que no los acepta y que solo piensa en destruir los acuerdos firmados, deberían pensar que   en este momento estaríamos convirtiendo a las FARC en víctimas de la mala fe institucional y de la de algunos políticos.

Lo que algunos olvidan es que, sin que se hayan aún implementado en su totalidad, estos acuerdos han permitido que, por primera vez después de varios años de violencia, muchas poblaciones comiencen a sentir los aromas de la paz, y a reconocer que el estado existe porque su condición de vida empieza a mejorar.

Mientras la comunidad internacional ve a Colombia como un ejemplo por haber llegado con las FARC a unos acuerdos únicos, que sirven de ejemplo en el mundo, y nos admira por haber finalizado un conflicto que se enmarcó como el más extenso y cruento dentro del contexto de la guerra fría, los pocos colombianos que no desean un país en paz, luchan por acrecentar la polarización y la violencia de Colombia, olvidando el sufrimiento de muchos colombianos que las han padecido, así como la falta de justicia social, y la deuda que tenemos con el campo y con los colombianos que habitan no solo en zonas de frontera sino en sitios donde el estado los ha abandonado, y donde  se ubicaba el foco de violencia y de los enfrentamientos con los violentos.

No es el castro-chavismo, como lo han hecho creer algunos, el que va a hacer que Colombia termine como Venezuela; esta idea es producto de la miopía de algunos políticos que quieren llevar al país a acrecentar más la distancia de la metrópoli con la periferia, y a los odios, la pobreza, la polarización y la guerra.

Los acuerdos permiten que el estado recupere territorios donde no podía entrar y hacer presencia.  Solo en la medida en que haya paz y el estado pueda ejercer su control y llevar desarrollo, evitaremos que el resentimiento social se acreciente y que terminemos siendo otra Venezuela.

No podemos olvidar la historia: cuando en el país ha existido polarización ideológica y partidista, lo único que esta ha traído es guerra, pobreza y atraso. ¿Por qué  negarnos al desarrollo y a una paz duradera y estable?

Debemos enfrentar el miedo a las FARC,  al cambio y a la consecución de la paz. Debemos creer en una sociedad democrática, incluyente, liberal, multiétnica y multicultural, tal como lo contempla nuestra constitución cuando nos define como país.

¿No les basta a los políticos con la deuda que ya tienen con la sociedad y con el país, como para agregarle más infelicidad, pobreza y subdesarrollo?

(*) Ex diplomática[/vc_column_text][vc_column_text]http://www.eje21.com.co/2017/05/los-acuerdos-de-paz-estan-moribundos/[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]